sábado, 30 de marzo de 2013

¿RESUCITÓ JESÚS DE NAZARETH?

Los cristianos celebramos en este tiempo pascual la resurrección de Cristo. Por lo que se refiere a la persona histórica de Jesús de Nazareth, hoy en día ningún historiador que se precie de serlo duda de que realmente existió, pero eso de que murió y encima resucitó parece poco menos que un cuento chino, una bonita historieta que alguien inventó un día y que la Iglesia católica mantiene como forma de seguir fabricando ilusiones vanas. Sobre la muerte de Jesús por condena de Poncio Pilato hablan algunos historiadores, como Tácito o Flavio Josefo, pero ¿qué decir de su resurrección? ¿Se puede considerar como un hecho histórico fiable o es una invención de la primitiva comunidad cristiana? En una palabra, ¿resucitó realmente Jesús de Nazareth?
El apóstol San Pablo pone el dedo en la llaga cuando afirma que, si Cristo no resucitó, “vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 17). En efecto, la fe de los cristianos o se sustenta en hechos que han acontecido realmente o, de lo contrario, carece de sentido. Si Cristo no ha resucitado, no existen ni la fuerza de los sacramentos ni la gracia o vida divina que se nos comunican por medio de la Iglesia. Con Cristo muerto y sin resucitar, Él ya no vive ni puede, por ello, actuar a través de la Iglesia. Por otra parte, es un hecho claro que, si alguien encontrara, sin duda científica, el cadáver de Jesús, demostraría con hechos que el cristianismo es una gran mentira. Cristo no habría resucitado. Se podría aducir una prueba: ahí está su cadáver.
Ahora bien, la crítica moderna ha desarrollado unos criterios llamados “de historicidad”, que nos hacen pensar en la realidad del hecho de la resurrección. Uno de esos criterios es conocido con el nombre de “criterio de discontinuidad”: cuando un dato es totalmente contrario a la mentalidad judía primitiva, no puede ser ésta la que lo ha inventado. En este sentido, habría que precisar varias cosas:
1º) Teniendo en cuenta que el pueblo judío creía en la resurrección, pero sólo en la reservada para el final de los tiempos, resulta inimaginable en su mentalidad pensar en una resurrección repentina, al estilo de la acontecida con Jesús según el testimonio de los apóstoles. Por eso, la primera comunidad cristiana, de origen judío, no pudo inventar una cosa así.
2º) Llama la atención cómo dicen los evangelios que una mujer (María Magdalena) es la primera persona testigo y pregonera de un hecho tan importante como la resurrección. Teniendo en cuenta el nulo valor testifical y social de la mujer en aquella cerrada mentalidad, esto sólo se entiende por fidelidad histórica a unos hechos reales.
3º) Tras la resurrección, los jefes de la primitiva comunidad cristiana, lejos de ser ensalzados (como sería lo normal), aparecen bastante desprestigiados, como hombres temerosos, dubitativos e, incluso, incrédulos (caso de Tomás, que pondrá condiciones para creer en la resurrección de Cristo). Alguno mete la pata preguntando a Jesús si es ahora cuando va a restablecer el reino de Israel (He 1, 6). El sentido que Jesús quería dar a su resurrección (redimir, salvar a la humanidad) era, al principio, ajeno a la mentalidad de los apóstoles, más política que espiritual: “Nosotros esperábamos que él había de dominar a Israel” (Lc 24, 12-13). Por eso, resulta impensable que inventaran una resurrección con ese sentido desconocido para ellos y de ahí que sólo podamos explicar su inicial ridículo por fidelidad a hechos históricos.

En suma, tenemos argumentos (como mínimo, indicios racionales) para pensar que, efectiva, histórica y realmente, Cristo resucitó. ¡Aleluya!

miércoles, 13 de marzo de 2013

FRANCISCO I, UN PAPA PARA TIEMPOS DE CRISIS

Habemus Papam. El Cardenal de Buenos Aires, Jorge María Bergoglio, ha sido elegido por los cardenales para ocupar la silla de Pedro. ¿Sorpresa? Hasta cierto punto. No figuraba en los principales puestos de las quinielas periodísticas, pero era uno de los posibles. De hecho, se cuenta que en el anterior cónclave, quedó segundo tras el Cardenal Ratzinger y que pedía, con lágrimas en los ojos, que dejaran de votarle. Esta vez, la cosa ha ido en serio. Es Papa, con el nombre de Francisco I.
Personalmente, tenía muy buenas referencias del Cardenal Bergoglio antes de ser elegido como sucesor de Pedro. Era una persona conocida por su austeridad y santidad de vida. De modo que cabe pensar que los cardenales se han inclinado por un Papa santo antes que por un Papa sabio. Con Ratzinger, pasó, quizá, al revés: se quiso tener como Pontífice al intelectual, al teólogo maestro, el mejor de los tiempos modernos, aquél que podía iluminar con su primorosa doctrina el momento actual de la Iglesia. Esto no quita nada para que Benedicto XVI haya mostrado una integridad de vida digna de quitarse el sombrero. Pero cada persona y cada Pontífice tiene su carácter y sus acentos.
Con Bergoglio, creo que se ha dado un viraje en toda regla, un giro de 360 grados. Primero, ya no es un Papa europeo, lo cual muestra la catolicidad y la universalidad de la Iglesia. Se va perdiendo desde hace más de treinta años la tradición de los Papas italianos, algo que, quizá, en este momento, era necesario, pues quienes hablan de las intrigas internas vaticanas, señalan a los italianos como un grupo de peso en las tristes deslealtades y luchas por el poder, algo de lo que se ha huido por completo. Se ha escogido a un hombre fuera de toda duda, lejos de la sospecha por encubrir la pederastia y ajeno a las intrigas del Vatileaks; un jesuita austero que, en estos tiempos de crisis, puede recordar a la humanidad valores morales fundamentales, situados en el extremo opuesto a los que han originado la actual crisis económica. Y que  también puede recordar a los cristianos principios evangélicos esenciales que han quedado en el olvido.
Por otra parte, me llama la atención que el nuevo Papa sea jesuita. La Compañía de Jesús vive, desde hace años, una importante división interna entre supuestos “conservadores” y supuestos “progresistas”; no son pocos los sacerdotes y teólogos jesuitas que se manifiestan en contra de la enseñanza y el Magisterio oficial de la Iglesia (a pesar de que tienen un cuarto voto de obediencia al Papa), una situación que, para cualquier católico de bien, resulta dolorosa. Hay que reconocer que los jesuitas verdaderos, los de la “vieja escuela”, son gente extraordinaria y muy bien preparada, pero nos quedan pocos de ésos. Quizá, uno de esos pocos era el nuevo Papa. Quién sabe si la histórica institución fundada por Ignacio de Loyola necesitaba tener al frente de la Iglesia a uno de los suyos, para acometer una intensa reforma de la Compañía que los devuelva al verdadero espíritu ignaciano, jamás enfrentado con la Iglesia oficial. Esperemos.
Además, personalmente, creo que la fama de austeridad y los valores con que llega al Papado Francisco I permite albergar esperanzas de una “limpia” importante en todas las esferas eclesiales donde asome las más mínima corrupción y contra-valor evangélico. Puede ser el Papa de las reformas. Si el Cardenal Bergoglio es, como se ha dicho, una persona de vida santa, tendrá que ser también un Papa sano, que sanee aquellas estructuras y estamentos de la Iglesia que despiden hedor, en lugar del buen olor de Cristo. Ojalá.
En suma, a la alegría que siente todo buen católico por la elección de un nuevo Papa, sumamos la ilusión y esperanza que genera, concretamente, la persona elegida, con la anécdota añadida de que es de habla hispana. Dios le bendiga abundamentemente y le haga ser un pastor conforme a Su Corazón. Oremos. Que así sea.

jueves, 14 de febrero de 2013

LA LEY DEL AYUNO Y LA ABSTINENCIA

La Iglesia católica pide a sus fieles que el miércoles de ceniza y el Viernes Santo practiquen el ayuno y la abstinencia de comer carne (ésta última también es obligatoria todos los viernes cuaresmales). Se trata de una norma poco entendida por mucha gente e, incluso, por no pocos católicos, que, lamentablemente, no la ponen en práctica, en una triste desobediencia que, debido al poder de “atar y desatar” dado por Jesucristo a Pedro y a sus apóstoles en su nombre (se entiende que también a sus sucesores), es, en el fondo, una desobediencia a Cristo mismo.
La penitencia es una práctica pedida por Nuestro Señor reiteradamente en los evangelios. “Si no hiciereis penitencia, moriréis en vuestros pecados”, advirtió. En ese sentido, cada uno es muy libre de escoger las penitencias que considere oportunas. Lo explica muy bien el Código de Derecho Canónico, en el canon 1.249: “Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia (…)”.
¿No es todo esto una “antigualla”, algo del pasado que ya casi nadie practica? Ciertamente, para quien no quiere ponerlo en práctica, cualquier cosa es antigualla o sirve de excusa para no poner por obra lo que manda, siempre en nombre de Jesucristo que delega en ella, la Santa Madre Iglesia Católica. Pero lo cierto es que esas normas siguen en vigor y son obligatorias para todo aquél que se llame católico, bajo pena de pecado mortal. Es de malos católicos no cumplirlas. ¿Que hay sacerdotes que tampoco las siguen? Muy mal también por ellos, porque, en estos casos, se añade el pecado del mal ejemplo y el escándalo (pecado de otros) que se sigue de su conducta.
¿Qué sentido tiene esta norma? Para empezar, caigamos en la cuenta de lo que decía el Código: “…para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales…”. Es decir, la fe no se puede vivir por libre, sino que tenemos que tomar conciencia de que todos los bautizados somos una familia (la familia de los hijos de Dios). Y, del mismo modo que la Iglesia nos pide celebrar festivamente la misa el domingo (para unirnos todos los hermanos en una misma alabanza a Dios), también nos pide unirnos espiritualmente al sacrificio de Cristo con una práctica penitencial común, pequeña y simbólica, pero real. La fe se vive, también en lo que tiene de festivo y de exigencia, en comunión con nuestros hermanos.
Hay también una motivación pedagógica: aunque todos los católicos tuviéramos real conciencia de la necesidad de penitencia (no siempre la tenemos), la pobre condición humana fácilmente huye de lo que le cuesta y puede prescindir sin gran problema de auto-imponerse una penitencia voluntaria. Por eso, la Iglesia, madre y experta en humanidad, fija unos mínimos muy mínimos (casi simbólicos), con el fin de que seamos conscientes de que estamos en un tiempo litúrgico fuerte de preparación a la Pascua (Semana Santa); tiempo que pide conversión y penitencia (por lo menos, el mínimo pedido por la Iglesia; y, a partir de ahí, lo que cada uno quiera añadir por su cuenta).
Se suele objetar que, a veces el pescado es más rico o más caro que la carne y que, abstenerse de ésta, tampoco es tanto sacrificio. Hay que matizar. Si uno acostumbra, por ejemplo, a comer guisantes con jamón o spaghettis con chorizo, tendrá que abstenerse en los días señalados del jamón y del chorizo que tanto sabor les añade, lo cual es, de por sí, ya un sacrificio, aunque sea pequeño; o, si acude a una comida/cena o acto social donde se sirvan viandas de diverso tipo, tendrá que prescindir de ellas, si quiere hacer las cosas bien delante de Dios. Eso (y el testimonio de hacerlo pese a posibles críticas de otros) también es un sacrificio. Aparte de que no hay que mirar sólo a la letra de la norma, sino también al espíritu: día penitencial es día penitencial y no estaría muy bien que, por no comer carne, nos metamos ese día una tremenda mariscada entre pecho y espalda o un pescado carísimo. No nos engañemos. Si te gusta más el pescado que la carne, a lo mejor debes cumplir la norma con un poquito más de espíritu penitente (no comiendo un pescado demasiado caro, no echando sal, siendo austero en la cantidad, o cualquier otra cosa que se te ocurra. Imaginación al poder…).
Pero, en el fondo, lo que más nos cuesta es obedecer, en este caso, a la Iglesia. Queremos salirnos siempre con la nuestra, con nuestra opinión, con nuestros criterios, y somos incapaces de dejar de mirarnos al ombligo de lo que pensamos, sentimos, nos apetece…, de mirar a nuestro yo. De ahí que el mayor sacrificio (y, quizá, el más grato a Dios) sea la obediencia a su Santa Iglesia (desprendiéndonos de nosotros mismos, de nuestros criterios, de nuestros deseos…); Iglesia, que, por otra parte Él ha puesto como medio y camino ineludible de salvación. “El que a vosotros escucha a mí me escucha”, dijo Jesucristo. Por eso, aun cuando no entendamos nada la cuaresmal ley del ayuno y la abstinencia, practiquémosla siquiera por el sacrificio humilde de la obediencia, tan grato a Dios, que nos libera del yo y de la soberbia de querer hacer siempre de nuestra capa un sayo. Ese camino de humildad es ya un camino de conversión, propicio para hacer una buena Cuaresma, además de preciosa preparación interior para los días de Semana Santa. No lo perdamos de vista.

lunes, 11 de febrero de 2013

LA RENUNCIA DEL PAPA

La renuncia del Papa nos ha cogido a todos por sorpresa. Personalmente, siento una mezcla de tristeza (porque es como si un padre decide marcharse) y de emoción (al pensar en la lucidez y plena responsabilidad con que toma esta decisión, en cierto modo, rompedora, ya que, con él, sólo 4 papas en la historia han dimitido. El último, Gregorio XII, renunció en 1515; es decir, hacía más de 500 años que no sucedía algo así. Por lo tanto, estamos ante un hecho verdaderamente histórico y cuasi-novedoso). A este Papa ya no le podrán acusar de apego al sillón (o a la Cátedra de San Pedro) e, incluso, podrá decirse de él que, con su renuncia, ha roto moldes, de modo que los rigores y las estrecheces que algunos le presuponían cuando fue elegido quedan, en buena parte, ahora desmentidos. Prima el Papa lúcido y listo que, viendo su edad avanzada y sus fuerzas cada vez más limitadas, cree, en conciencia, que es mejor pasar el testigo a otro. Aunque Benedicto XVI no ha pensado abandonar por una motivación “efectista”, sin embargo hay que reconocer que su decisión tiene un efecto, a mi modo de ver, positivo “como imagen” para la Iglesia.
Su carta de renuncia tiene algunos puntos significativos y emocionantes. Para empezar, llama la atención el momento elegido para hacerla pública, puesto que el anuncio se produjo durante un consistorio de cardenales ya previsto anteriormente, con el fin de fijar las fechas de proclamación de nuevos santos. Es decir, eligió una actividad de su agenda ordinaria para anunciar algo extraordinario. Nada de convocatorias ex profeso que, quizá, habrían creado un halo de misterio e intriga (y, consiguientemente, de rumores), al no saber exactamente para qué convocaba el Papa a los purpurados. Éstos fueron a una cosa y se encontraron también con otra, quizá inesperada. En esto, el Papa revela su inteligencia, lo bien pensado que lo tenía todo, lo cual, dicho sea de paso, confirma que está en sus cabales y que no ha tomado esta decisión ni a la ligera ni empujado por ningún tipo de situación extrema (mental o física).
 “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Esta frase no tiene desperdicio: es reveladora de una decisión madura, meditada y pensada en conciencia “ante Dios” (seguimos viendo en esto a un Papa “en sus cabales”, plenamente libre y responsable); revela también una profunda sencillez y humildad, muy características en la personalidad de Joseph Ratzinger. Reconocer con normalidad que uno “ya no puede más” y que por ello no pasa nada pertenece al ámbito del buen obrar y a la esfera del buen ejemplo. Nadie es imprescindible y eso que este Papa “casi” lo es, por su hondura intelectual, entre otras cosas.
Sigue emocionando Benedicto XVI cuando dice: “Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto [impresiona esa seriedad, esa conciencia, a sus años], con plena libertad [por si quedaba alguna duda y en coherencia con el pensamiento manifestado antes en diversos lugares], declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro [bella frase de solemnidad]”. De nuevo, el Papa muy “en sus cabales”: toma la decisión siendo consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, manifestando expresa y solemnemente su renuncia. No se puede hacer mejor.
Viene luego el capítulo de los agradecimientos: “Queridísimos hermanos [bella y cercana forma de dirigirse a todos], os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio y pido perdón por todos mis defectos”. Pienso que los creyentes y también los no creyentes debemos gratitud inmensa a Benedicto XVI por toda una vida dedicada a la Iglesia y, siquiera, por defender con ardor valores como los derechos humanos, el entendimiento entre todas las religiones y la paz. “Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo…”: me encanta esta conciencia de que no es él, Benedicto XVI, el sumo pastor, sino que lo es Jesucristo, al cuidado del cual “confía” la Iglesia. Me parece precioso.
En medio de todo, es mejor noticia para los católicos que el Papa se vaya porque quiere que porque se muere. No deja de ser un consuelo. El Papa teólogo se va y, al final de su ministerio, nos deja como regalo una carta de renuncia que es una perla. Otra más de su pontificado. Y esperemos que no sea la última. De aquí hasta el 28 de febrero (cuando deje la sede vacante), aún puede sorprendernos. Ojalá.

sábado, 22 de diciembre de 2012

¿25 DE DICIEMBRE?

Es ya casi Navidad y necesitamos afianzar nuestra fe con unas preguntas de tipo crítico que confirmen o desmientan lo que nos dicen los evangelios. Creer por creer, sin más, es absurdo y nos lleva al fideísmo (la fe por la fe, porque sí), fuente de muchos fundamentalismos, también cristianos. Vayamos con esas preguntas:
1º) ¿En verdad, nació y existió Jesús? Las fuentes históricas de que disponemos nos llevan a pensar que sí, que Jesús existió. De hecho, ningún historiador serio niega a Jesús como personaje histórico, real. Disponemos de antiguos testimonios no cristianos: el historiador judío Flavio Josefo habla en sus Antigüedades judías, escritas hacia el año 93-94, de la vida pública de Jesús; Tácito, historiador romano, habla en sus Annales (hacia el año 115-117) del ajusticiamiento de Cristo por Pilato en tiempos de Tiberio. Con todo esto coinciden los datos de autores cristianos. Por ejemplo, el evangelista Lucas sitúa los hechos de Jesús en un perfecto contexto histórico: “En el año 15 del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes, Tetrarca de Judea…”  (Lc 3, 1-2).
2º) ¿Nació Jesús un 25 de diciembre? No. Jesús no nació un 25 de diciembre. Ni siquiera lo pone en los evangelios. Esta fecha es una convención puesta por la Iglesia, ya que desconocemos exactamente el día en que nació Jesús. No ha de extrañarnos, pues pasa también con otros personajes históricos, anteriores y posteriores al Salvador. De hecho, es posible que Jesucristo naciera algún siglo antes de nuestra era. Pero había que poner un día para celebrar tan magno acontecimiento y la Iglesia dispuso hacia el año 336 la fecha que hoy conocemos para cristianizar una fiesta pagana celebrada por los romanos: la fiesta del Sol invictus. Por lo tanto, todo cristiano debe saber que el 25 de diciembre es una fecha de celebración litúrgica, no histórica, del nacimiento de Cristo.
3º) ¿Nació “por obra del Espíritu Santo”? Puede parecer absurdo, pero lo es menos si pensamos que Dios es perfecto, lo puede todo y, quizás, hizo eso para acentuar una enseñanza, a saber: que Jesús es tan Hijo de Dios que ni siquiera tiene paternidad biológica, padre humano, ya que José tan solo fue su padre “legal” o “adoptivo”.
4º) ¿Nació "de María, Virgen"? Lo de que nació de María lo podemos entender, pero eso de que María permaneciera Virgen (en lo material) durante y después del parto (como reza la fe católica) se entiende menos. Ahora bien, en otros pasajes evangélicos (como en la escena del Monte Tabor), Jesús se transfigura y su cuerpo se muestra glorioso, se vuelve todo luz: perfectamente pudo suceder algo similar en su nacimiento, de modo que no se menoscabara la virginidad material o corporal de su Santísima Madre, la Virgen. Tuvo que ser un alumbramiento del todo excepcional, pues también se dice que la Virgen no tuvo dolores. Un nacimiento en el que Jesús viniera al mundo transfigurado en luz (como sucede en otros pasajes evangélicos) pudiera ser un modo de explicar que María permaneció Virgen tras el parto y que diera a luz sin dolor. Pero esto es una hipótesis personal, no algo que pertenezca a la explicación o enseñanza oficial de la Iglesia.
5º) ¿Nació pobre, en un establo? Es creíble este dato, porque lo normal y lo esperado en aquella época, sobre todo para un judío, era pensar que Dios viniera en plan portentoso y triunfal. Sin embargo, viene de forma discreta y pobre. Nadie podía imaginar algo así, lo que acentúa la historicidad del relato.
¡Feliz Navidad!

jueves, 6 de septiembre de 2012

¿QUÉ ES LA TEOLOGÍA?

La Teología es, como su propio nombre indica (del griego Théos –Dios- y lógos –estudio, tratado-) la disciplina que se encarga del estudio de Dios, de las cosas de Dios. Hay otra definición clásica de ella como “fe que busca comprender” (fides quaerens intellectum); es decir, se trata de una materia que intenta aplicar la razón para entender mejor la fe, para hacerla, en lo posible, más asequible a nuestras pobres luces naturales y humanas.
Por todo ello, la Teología es un servicio de inapreciable valor para todo el pueblo cristiano y una gran ayuda para el Magisterio de la Iglesia en el ahondamiento y exposición de la fe de siempre y de todos, esto es, la fe católica (universal), apostólica (que viene, entroncando con Jesucristo mismo, de los apóstoles) y romana (enseñada con autoridad vicaria, delegada por Jesús, por el Obispo de Roma, el Papa).
La Teología tiene una similitud y una diferencia con la Filosofía. En efecto, ambas tienen en común el uso de la razón para sus respectivas reflexiones, pero varía el punto de partida, es decir, se distinguen por una cuestión de método: mientras la Teología parte del dato de fe contenido en la Sagrada Escritura y la Tradición, la Filosofía parte de la razón misma, del dato natural (no del sobrenatural). Ahora bien, los teólogos medievales afirmaban que la Teología consiste en aplicar la Filosofía (la razón) a la fe, a los datos de fe. Por eso, en muchos tratados resulta complicado distinguir qué hay sólo de Filosofía o qué hay sólo de Teología, pues ambas se entremezclan. San Agustín, Santo Tomás… se estudian tanto en la Teología como en la Filosofía.
Saber, al menos, un poco de Teología es bueno, no sólo para los teólogos, sino también para todos los cristianos, que estamos llamados en cualquier circunstancia de nuestra vida a dar razón de nuestra esperanza (1Pe 3, 15). La Teología forma una cabeza cristiana, nos da argumentos y razones para creer. Es importante para nuestra formación, para dar una buena catequesis; para que, cuando alguien nos pregunte algo sobre la fe, aunque sea difícil, sepamos qué responder. En este sentido, ayuda mucho también la Filosofía, que sería como las cuatro patas en las que se apoya “la mesa” de la Teología. Filosofía y Teología se complementan, se apoyan mutuamente, igual que lo hacen la Razón y la Fe, pues ambas son, como dijo Juan Pablo II, “como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” (Encíclica Fides et Ratio, nº 1). Así pues, apreciemos el valor de la Filosofía y de la Teología como apoyos de nuestra fe.

¿SON CREÍBLES LOS EVANGELIOS?

Puede haber muchos que no presten mayor credibilidad a lo que pone en los evangelios y que digan que éstos fueron una invención de la Iglesia primitiva, transmitida después por tradición. En caso de ser así, hay que explicar varias cosas:
1.    ¿Cómo unos apóstoles judíos pudieron inventar que Jesús se apareció primero a unas mujeres, teniendo en cuenta la marginación y el nulo valor testifical de éstas dentro de la sociedad de Israel? Si no es por fidelidad histórica, esto no se entiende.
2.    ¿Cómo es posible que unos judíos hayan podido inventar que un hombre también judío (como fue Jesús) quiera estar por encima de instituciones sagradas e inamovibles para todo judío, como la ley, el templo y el sábado? ¿Cómo es posible que escriban algo blasfemo para un judío como el hecho de que Jesús afirme con autoridad: “Hasta ahora se os ha dicho..., pero yo os digo” o “El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”?
3.    ¿Cómo es posible que unos judíos pongan en boca de otro judío, Jesús, el arrogarse poder para perdonar los pecados, algo por lo que inmediatamente fue acusado de blasfemia entre los fariseos?
4.    ¿Cómo es posible que un pueblo con el sentido de liderazgo como el que tenía Israel describa al líder de la comunidad apostólica (San Pedro) como un cobarde que peca, que huye de acompañar a Jesús en el Calvario? ¿Cómo es posible que ese líder salga tan mal parado, cuando Cristo le llama “Satanás”? En aquella época existía una tendencia a exaltar y exagerar las virtudes del líder: ¿cómo es que éste queda tan mal, si no es por fidelidad histórica?
5.    ¿Cómo es posible que los evangelios presenten un concepto de Mesías totalmente opuesto al matiz político esperado por los judíos y, por otra parte, desconcertante hasta para los mismos apóstoles, quienes, confusos, preguntan a Jesús: “¿es ahora cuando vas a restablecer todas las cosas en Israel?”?
6.    ¿Cómo es posible que unos judíos digan que Jesús pretendía ser “Hijo de Dios”, teniendo en cuenta el fuerte monoteísmo que impregna a Israel, el cual excluía el concepto de tres personas divinas en una sola? ¿Es posible, si no es por fidelidad histórica, que los evangelios traten a Jesús como “Hijo de Dios”, cuando dicha expresión resultaba blasfema para un judío?
En suma, hay muchas cosas que, teniendo en cuenta la mentalidad y las costumbres judías, resultan imposibles de inventar para una primera comunidad apostólica que, precisamente, procedía del judaísmo. Si no es por fidelidad histórica, hay cosas escritas en los evangelios que no se entienden.